De una alerta crítica de PHP a varios días de actualizaciones, auditorías, migraciones y un rediseño que llevaba años pendiente.
Todo empezó con un aviso de seguridad de PHP.
El 21 de octubre de 2026 se publicaron correcciones para dos vulnerabilidades críticas que podían permitir la ejecución remota de código. De esas noticias que, cuando trabajas con sistemas, te hacen dejar lo que estás haciendo y preguntarte qué servicios tienes afectados.
En principio, la tarea parecía bastante concreta: revisar las versiones instaladas, determinar qué había que actualizar, aplicar las correcciones y comprobar que todo seguía funcionando.
Un trabajo de mantenimiento, vaya.
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Hace tiempo que tengo en la cabeza Protos, mi propio lenguaje de programación. Durante años fue una de esas ideas que uno desarrolla mentalmente, revisa, aparca y vuelve a recuperar. La inteligencia artificial cambió algo importante: por primera vez podía dedicarme a convertir esa idea en un proyecto real, aunque no tuviera un equipo de desarrolladores detrás.
Pero había un detalle que no había resuelto: ¿cómo mantener ese ritmo de desarrollo sin dejarme una fortuna en IA? Lo que empezó como una búsqueda de la herramienta más barata acabó convirtiéndose en una pequeña odisea de suscripciones, APIs, límites de uso, millones de tokens y varios cambios de estrategia.